El tránsito de la cultura antigua a la medieval.La crisis de la Cultura Clásica
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El tránsito de la cultura antigua a la medieval (I)

Autor: Miguel Larrañaga Zulueta

LA CRISIS DE LA CULTURA CLÁSICA.

 1.1. Las etapas de la crisis.

 ¿Existió una crisis de la cultura clásica? Sin duda, es observable un descenso de la producción intelectual; retroceso en la producción, pero también en las ideas. Por lo tanto, hablamos en un sentido comparativo a lo que existía con anterioridad. Ahora bien, no fue una desaparición brusca. Si se acepta que la cultura clásica, aquella que brilló en los períodos de esplendor de la civilización grecorromana, viene a desaparecer con las invasiones germánicas desde finales del siglo IV al siglo VII, podemos establecer la existencia de una serie de etapas en su lento declinar:
 1) Hasta el siglo III se mantienen vigentes las estructuras generales romanas, por ejemplo en el sistema educativo, aunque se pueda percibir ya, un claro retroceso de la producción literaria.

 2) El siglo IV marca el triunfo de la cultura cristiana, predominante en el período histórico que se avecina, con figuras de relevancia como Agustín de Hipona (Aurelio Agustín, su verdadero nombre, o San Agustín) o Macrobio. En esta centuria podemos observar el deterioro de la cultura romana manifestándose principalmente en la falta de comunicación entre las culturas griega y romana.

 3) A lo largo del siglo V, asistimos al declinar del sistema educativo romano, de su influencia y extensión entre el pueblo, pese a que a él acudan, en Italia, fundamentalmente, las aristocracias bárbaras. La producción literaria estará desarrollada por cristianos, como Paulo Orosio o San Jerónimo.

 4) El siglo VI cabe entenderlo como un período de restauración cultural. En Italia, el rey ostrogodo Teodorico llevará a cabo una auténtica promoción de la cultura, destacando junto a él alguna figura, como Boecio, y posteriormente Casiodoro, Gregorio Magno y Fortunato; en Bizancio, Prisciano, en la Galia, Gregorio de Tours y en Hispania, Isidoro de Sevilla son algunos de los intelectuales que conformaron el primer renacimiento cultural europeo.

 Establecida de alguna manera una periodización general del proceso, veamos cómo se vivió esta crisis en los distintos campos del saber.

 1.2. El espíritu científico.

 En general, Roma aportó poco al patrimonio de las ciencias (Matemáticas, Física, Historia Natural, Medicina). En estos campos, las principales aportaciones habían sido griegas. Los romanos, que conocían bien esta áreas, eran buenos conocedores de la lengua griega, cultivada por la élite cultural desde la época de los Escipiones, en el siglo III a.C. Pero el conocimiento del griego, y por tanto el de las ciencias, estuvo en franca regresión desde el siglo III de nuestra era. En el siglo IV, incluso algunos hombres de elevada cultura no sabían el griego suficiente como para manejar con soltura las obras originales en aquella lengua. Por ello, el mundo de las ciencias se cerró con relativa rapidez a los letrados latinos.

Los romanos, en este período de esplendor cultural de la lengua griega, entre los siglos II a.C. y II d.C., destacaron por ser buenos compiladores de los conocimientos de la cultura helenística. En esta labor destacó Plinio el Viejo, muerto en el 79 d.C., que elaboró una Historia Natural en la que se desarrollaban conocimientos de Astronomía, Física, Medicina y Geografía. El gusto por la compilación se confirmó durante los siglos II a IV d.C., pero predominaron en él no las obras científicas, sino la Filosofía, la Literatura y la Historia.

Con todo, existieron notables excepciones, como es el caso de Columela, en el siglo I de nuestra era, que desarrolló un Tratado de Agricultura con un importante componente investigador que tuvo, además, gran impacto en la Edad Media.

 1.3. La Retórica.

 La Retórica es el arte del discurso en todos sus aspectos, orales o escritos, y constituye el ideal de cultura más tradicional en el mundo romano. Este arte de la elocuencia, usado sobre todo en el campo de la política y cuya cumbre es Cicerón, en el siglo I d.C., está casi muerto en el Bajo Imperio, desde el inicio de la crisis en el siglo III, aproximadamente. De hecho, el último gran teórico de la Retórica fue Quintiliano, que escribió La institución de la Retóricahacia el año 95. Sin embargo, la admiración por el orador, su prestigio social, permanece, como lo manifestará el propio San Agustín. De hecho, en este período, la Retórica viene a representar un ideal humano, por el cual el discurso genera convicción, dominando el caos y las fuerzas destructoras por su claridad y razonamiento ordenado.

El orador es el hombre ideal; debe conocer las costumbres, la moral y la Filosofía, además de haber leído a los autores que enseñan la virtud. La Retórica se ve como un arte de vivir que lleva a la perfección las enseñanzas de la Filosofía, la Historia y las Letras. En Roma, por tanto, la forma superior de cultura no es el saber en sí mismo, sino la maestría expositiva y expresiva del orador, por la seguridad de su juicio y la claridad de su discurso. El orador es el hombre cultivado, al que se añade la perfección de la palabra.

 Desde el punto de vista de su método, la Retórica se desarrolla en cinco pasos precisos:
 1. Inventio. Es la parte esencial. Incluye el plan del discurso y se diseña el énfasis, esto es, la elocuencia que debe ponerse en cada parte para hacer triunfar la causa que se defiende.
 2. Dispositio. Fijación de los contenidos conforme a la estructuración anterior.
 3. Elocutio. La aplicación de las preceptivas normas de estilo.
 4. Memoria. Ejercicio de memorización de todo lo diseñado en las tres fases anteriores y que es necesaria sólo si el discurso será llevado a la práctica.
 5. Actio o ejecución.

 En los últimos tiempos del Imperio la Retórica se barroquiza, recargándose su primitivo estilo sobrio e incluyéndose además palabras y normas gramaticales foráneas. La evocación de la Retórica será de gran interés en la Edad Media, por la importancia que tendrá la expresión oral.

 1.4. La Gramática y la explicación de los textos.

Fuera del ámbito político, las ocasiones de ejercer el arte de la Retórica no eran excesivamente frecuentes y la elocuencia tiene mayor cabida en la escritura. La gramática, el análisis morfológico y estilístico de las frases va a tener por esta razón importancia capital y estará muy unida al mundo de la enseñanza.

 El gramático por excelencia será Donato, cuya actividad se desarrolló principalmente en Roma a mediados del siglo IV. Fue autor de los comentarios a Terencio y maestro de San Jerónimo. Sus obras gramaticales, entre las que destaca el Ars Grammatica, fueron muy difundidas en la Edad Media, así como las de Prisciano, quien vivió en Bizancio hacia el año 500, autor de los dieciocho libros de las Institutiones Gramaticae.

 La Gramática se basa en el estudio de los textos clásicos, sobre todo en Cicerón y Virgilio. Para buscar la perfección morfológica y estilística utiliza el comentario de textos, que persigue establecer la autenticidad del documento estudiado y emitir un juicio técnico, analizando las estructuras gramaticales y la etimología de las palabras. Por ejemplo, en las Saturnales de Macrobio, gran parte de la obra está dedicada al comentario de La Eneida.

Hemos mencionado a Macrobio. Este gramático y crítico literario vivió a caballo entre los siglos IV y V. Confesaba su profunda admiración por los grandes clásicos, como Homero, Virgilio, Platón y Cicerón. Desconocemos si era cristiano o pagano; a favor de la primera hipótesis algunos autores han alegado su neoplatonismo, pero él no lo afirma ni existen otros indicios ciertos. El tema central de sus Saturnales son las fiestas celebradas en honor de Saturno, pero en relidad la obra es casi una excusa para realizar extensos comentarios sobre literatura clásica, fundamentalmente sobre la obra de Virgilio. Piensa  este autor que en su poesía se encierran las verdades profundas sobre Dios, el universo y la condición humana, estudiando para descubrirlas los sentidos ocultos de su alegoría poética. (Ver Documentos).

 1.5. Las escuelas y la enseñanza.

En Roma cabe observar un esfuerzo de difusión de la cultura. Si inicialmente la enseñanza era considerada como un asunto privado, llevado a cabo entre los padres y un profesor contratado para instruir a los hijos, el panorama cambió con el gobierno de Vespasiano (69 a 79 d.C.). Inició este emperador un mecenazgo público, creando, a cuenta del fisco, dos cátedras públicas de Retórica, una latina y otra griega. En el siglo IV este mecenazgo alcanzó su punto culminante y no existirá una ciudad o pueblo de cierta importancia que no contase con una escuela municipal. Ahora bien, esta difusión no equivale a democratización, puesto que a la cultura y la enseñanza acceden normalmente gentes de clases medias y altas que buscan hacer carrera en la administración, nunca las de baja extracción social.

Cuando al final siglo V el Imperio se hunde en la tempestad de las invasiones, los reyes germanos, que admiran la civilización romana mantendrán sus instituciones, mas no se dará esa proximidad desde el punto de vista cultural. Ningún aristócrata bárbaro se encuentra entre los letrados romanos. Esta aristocracia tiende a conservar su identidad cultural original, otorgando a sus hijos una educación conforme a sus tradiciones, instruyéndoles ante todo en el manejo de las armas y en la religión arriana.

Por lo general, y aunque veremos excepciones, los pueblos germánicos fueron indiferentes al destino de la cultura clásica. En la Galia, conquistada por los francos, desaparecen las escuelas municipales que todavía sobrevivían a mediados del siglo V, volviéndose, entre aquellos a quienes interesaba, al sistema de educación familiar privado. En Italia, la escuela romana corrió mejor suerte gracias al rey ostrogodo Teodorico, interesado por el destino del mundo cultural clásico; en la Italia del norte, por ejemplo, destacó la escuela de Milán, en la que enseñaba el retórico y gramático Deuterio; en Rávena, la capital política ostrogoda, hubo un interés manifiesto por la revisión de los autores clásicos; en Roma terminaban sus estudios la mayoría de los estudiantes de las provincias.

Capital importancia en la fijación de un sistema educativo tuvo Marciano Capella. Nacido en el norte de África en la segunda mitad del siglo IV, escribió, mitad en prosa, mitad en verso, la obra De nuptiis Philologiae et Mercurii (la boda de Filología y Mercurio). Se trata de una fábula literaria en la que, tras relatar en los dos primeros libros el matrimonio, dedica los siete restantes a describir las ciencias regaladas al novio por Apolo: Gramática, Retórica, Dialéctica (ciencia filosófica que trata del raciocinio y de sus modos de expresión) , Geometría, Aritmética, Astronomía y Música. Las tres primeras configuran el Trivium y las cuatro últimas el Quadrivium, la estructura básica de la enseñanza medieval. No es una obra original, pues copia a Varrón y Apuleyo, pero tuvo enorme influencia en la Edad Media al fijar las características y la didáctica de las siete artes.

 1.6. El Derecho. Justiniano.

 Hemos afirmado que una de las principales materias de estudio era la Retórica y las salidas profesionales para la mayor parte de los que se formaban en ella eran jurídicas. El Derecho fue, por ello, uno de los más importantes campos de los estudios superiores. Su enseñanza se basaba en una triple división:
 1, Los que son sujetos de Derecho, es decir, las personas jurídicas.
 2. Los bienes a los que se puede aplicar el Derecho.
 3. Las acciones, las relaciones entre las personas y los bienes.

 Desde la época de los Severos, a fines del siglo II e inicios del siglo III d.C., este sistema se llevó a cabo mediante el comentario de las obras de los grandes jurisconsultos.

 En la primera mitad del siglo VI, durante el reinado de Justiniano, se realizó la compilación del derecho Romano, dando como resultado una corpus jurídico integrado por varias obras:
 – El Código (codex), selección de las constituciones imperiales.
 – Las Digesta o Pandectas, recopilación de sentencias y decisiones de los jurisconsultos.
 – Las Institutiones, que recuperan el antiguo tratado de Gayo, del siglo II d.C., manual en el que se estudian los elementos constitutivos del Derecho (personas, cosas y acciones).
 – Las Novellae, constituciones emitidas por el propio Justiniano que venían a colmar lagunas de la legislación.

Esta codificación, que tendrá una trascendencia decisiva en toda la Edad Media, sobre todo desde el siglo XII, representa un esfuerzo por transformar el Derecho Romano en una teoría general del derecho, de universalizarlo, no sólo porque se crean principios jurídicos, leyes, de validez universal, sino, y ante todo, por la manera de organizar, de razonar el hecho jurídico.

 1.7. La Filosofía.

 La Filosofía del Bajo Imperio presenta, a grandes rasgos, tres características:

 1. No cabe hablar de una filosofía propiamente romana, sino de una herencia de la griega. Dos fueron las corrientes de pensamiento griego con mayor presencia en Roma durante este período:

 A. El Escepticismo. Fue el espíritu tradicional de la filosofía romana, bien recibido a causa del carácter positivista, práctico o experimental, de esta cultura. La actitud escéptica de pensadores como Eresidermo (siglo I d.C.) o Sexto el Empírico (siglos II-III d.C.) se caracteriza por la cautela ante las cosas y por la circunspección, la prudencia ante las cosas a fin de adoptar una conducta adecuada. Como doctrina filosófica tiene un aspecto teórico, basado en la inexistencia de un saber firme u opinión segura, y práctico, negando la adhesión a ninguna opinión determinada, lo que conlleva una falta de decisión absoluta.

 B. El Estoicismo. El de época romana fue, principalmente, de índole moral y religiosa. Es una recopilación de los valores fundamentales de la Filosofía griega, resumidos en un constante aprendizaje de la existencia y de perfeccionamiento de la actitud ante la muerte. Sus figuras principales, Séneca (siglo I d.C.), Epicteto (siglos I-II), Hierocles y Marco Aurelio (siglo II).

 2. El influjo ejercido por Cicerón, en un doble sentido. Como puente entre la cultura latina y la griega, en él se basarán los grandes pensadores del siglo IV, como San Agustín o San Jerónimo, para iniciarse en el pensamiento filosófico. Por otra parte, Cicerón va a ser el mejor representante, el ejemplo a imitar, del espíritu cívico y moralizador. En el siglo IV, es el maestro de la moralidad pública y privada.

 3. Otro flujo de influencia es la religión cristiana, desde el siglo II, momento en el que ya existen cristianos de cultura griega.

 1.8. La supervivencia de lo clásico en la Galia e Hispania.

 Debe aclararse que esta supervivencia se da, únicamente, en medios sociales aristocráticos. La Galia fue conquistada por los francos en la primera mitad del siglo VI. Sin embargo, la organización administrativa y social romana se mantuvo en los territorios situados al sur del río Loira. Con ella, la cultura romana sobrevive en Aquitania, Provenza y Burgundia, estableciéndose una clara diferencia entre esta zona y la del norte, la Galia bárbara. En el sur, las grandes familias de origen senatorial mantuvieron su forma de vida y buscaron diferenciarse de los germanos a través de la instrucción. Según el cronista Gregorio de Tours, nacido hacia el 537, la anexión en el siglo VI de Provenza y Burgundia al reino franco no cambió la situación de estos letrados aristócratas; al contrario, se pusieron al servicio de los reyes francos merovingios. Así, los consejeros reales serían escogidos por su nivel cultural.
Desaparecidas, como ya hemos visto, las escuelas públicas de enseñanza, la cultura romana sobrevive, principalmente, en los medios aristocráticos a través de la difusión de la literatura romana, poesía y teatro, pero para el siglo VIII, debido precisamente a la ausencia de un sistema educativo, el saber romano puede considerarse desaparecido.

 En Hispania se produjo un fenómeno similar al observado en el sur de la Galia. La cultura escrita sobrevivió entre la aristocracia hispano romana hasta los siglos VI-VII. En este proceso tuvo sin duda capital importancia la instalación, en el sur peninsular, de los bizantinos, que contribuyeron a la supervivencia de las instituciones antiguas.

 La desaparición de la enseñanza romana se vio paliada, en parte, por la consagración de la enseñanza de la Medicina y el Derecho en las leyes visigodas (Recesvinto, 654). Desde finales del siglo VI, la fusión entre las aristocracias hispano romana y visigoda hizo que pervivieran, asimismo, otras manifestaciones de la cultura clásica, como la Literatura y la Retórica. La propia corte visigoda, instalada en Toledo, será una dinamizadora de la cultura. Desde Sisebuto, en el 612, los reyes visigodos se convirtieron en mecenas de la cultura, al modo de los emperadores de Bizancio.

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