Platón y la República - Liceus - Especialistas en Formacion Online en HUMANIDADES
Liceus - Especialistas en Formacion Online en HUMANIDADES

Setup Menus in Admin Panel

Platón y la República

Una de las preocupaciones últimas de Platón, en La república o de lo justo, es la demostración de la inmortalidad del alma. No deduce de ello ningún premio ni castigo de ultratumba. Simplemente es un razonamiento que dota al hombre de un ligero soplo divino. Tal creencia tampoco supone, en la república, la creación de un colegio sacerdotal, ni de reglamentos para adorar a dios o rendirle tributos. Prácticamente no supone nada. Ni se deriva de dicha creencia moral alguna. Platón centra el bienestar de la república en la virtud y en las leyes, no el premio o castigo tras la muerte.

No obstante, al final de la obra, Sócrates cuenta las visiones de Her el Armenio. Éste vuelve a la vida al cabo de diez días de estar muerto para contar lo que sucede en el mundo de ultratumba. Las almas, cuenta, son enviadas a dos lugares distintos teniendo en cuenta sus méritos y virtudes. Las almas eran castigadas diez veces por cada una de las injusticias que en vida habían cometido.

Pese a todo, Platón no introduce tales creencias en su estado. No las aprovecha para el buen funcionamiento de la sociedad. Aunque sí advierte de los terribles castigos que esperan a los tiranos para quienes no habrá perdón durante toda la eternidad. En este pasaje a Platón el infierno cristiano se le queda un poco corto.

La república es una obra de madurez. Cuando se escribe, ya hace muchos años que Sócrates ha bebido la cicuta. Sus enemigos, aunque lo intentaron, no lo pudieron acusar de ningún delito político. Recurrieron, creando escuela, a lo que será un tópico en la historia: a la corrupción de menores, y al desprecio por los dioses, a la impiedad. Cosa ésta muy difícil de refutar, pues se es piadoso cuando se lleva el mismo estilo de vida que lleva el acusador. En cuyo caso, no habría acusación. Ni condena.

En la sociedad de guerreros creada por Platón en su república nada dice ni de dioses ni de sacerdotes. Dicha sociedad se basa y se sustenta en la virtud y en el cumplimiento del deber. Es una sociedad muy rígida, en la que no hay cabida para los sentimientos. Allí todo es de todos, mujeres, armas e hijos. Una sociedad en la que predomina el bien común sobre el bien particular. Es una sociedad, no hace falta decirlo, imposible. Pese a que no la veía así su propio autor, que se embarcó, en varias y repetidas ocasiones, con el fin de llevar a la práctica lo que tenia escrito. Fue irrealizable.

Quizás demandar un comportamiento virtuoso al común de los mortales sea quimérico. Exige éste demasiado esfuerzo y concentración. Es más cómodo dejarse llevar, no hacerse grandes planteamientos y vivir blanda y muellemente. A veces para conseguirlo se llegará al robo, al asesinato y a la invasión de otras naciones. Todo será poco, entonces, para frenar las ansias de posesión del hombre. La vida se convertirá en una lucha entre poderosos y débiles. Unos sojuzgarán a los otros.

Se establecerá entonces que hay guerras justas y guerras injustas. Las justas serán las que emprendamos nosotros, y las injustas las que emprendan los vecinos. No se dirá de forma tan descarada, desde luego. Se adornará con palabras más o menos hueras y crípticas. Pura retórica.

Tal vez fue en ese contexto, o pensando en uno parecido, en el que Voltaire, lanzó aquella famosa frase: “Si no existiera Dios, habría que inventarlo”. Dicho así suena como un freno, como un temor para las ambiciones. Algo como el principio de una moral capaz de detener las ansias de poder y muerte del ser humano. No está mal. Es una sentencia que hace pensar. Y lo primero que despierta es el recuerdo de que no han sido, precisamente, las religiones un modelo de comportamiento y de respeto. No hay más que pensar en la santa inquisición. O en todas las guerras de religión que se han promovido a lo largo de la historia.

platon-republicaAhora bien, en más de una ocasión se ha esgrimido que no hay, ni ha habido, ninguna sociedad que no tuviera alguna concepción de dios o de alguna divinidad superior. Dicho razonamiento no tenía más meta que demostrar la existencia de dicho ser, pues, se decía a continuación que es imposible que se hayan equivocado tantos millones de hombres a lo largo de tantos miles de años. Se da por descontado que, en todas las civilizaciones o culturas, todos sus moradores han sido creyentes. Sabemos que no es así. Y por otra parte, como dijo alguien, una estupidez dicha por mil bocas no deja de ser una estupidez. Y por lo mismo, tampoco ha habido ninguna civilización ni cultura que no se haya visto involucrada en guerras y matanzas. No supone esto que la guerra sea buena, santa y virtuosa.

Tal vez Voltaire dijo lo que dijo porque las leyes estaban fallando. Es posible crear una sociedad sin religión. O sustituir esa religión por un fuerte sentido del deber. Algo así como lo que deseaba Platón en la república de guerreros e incluso en la aceptación del poder. Siempre insiste en que el buen gobernante será aquel al que hay que obligar a aceptar el cargo. Si lo aplicamos al mundo de hoy, no se puede hacer crítica más destructiva de todos los partidos políticos y de sus luchas por hacerse con las butacas y los escaños.

Por supuesto que es muy difícil llegar a ser la persona virtuosa que demandan Platón o Séneca. Este último llega a decir que hay un sabio de entre un millón de personas. No menos difícil es cumplir con los preceptos cristianos. Y no es por la obsesión de la Iglesia por el sexo, monomanía que poco tiene que ver con Cristo, sino por la concordia y el amor al propio enemigo, cosa sí predicada por Jesús pero apenas levada en práctica por nadie. No parece que a lo largo de la historia haya habido más de cinco o seis personas capaces de semejante gesto. Uno de ellos fue Miguel Servet, quemado vivo por Calvino, quien defendía, de forma tan ardiente, la libre interpretación de la Biblia. El poder antes que los propios principios. Por supuesto.

El cristianismo sí que promete un premio de ultratumba a quienes se hayan portado bien en la tierra. Lo cual, viendo algunos comportamientos, ha desvirtuado al hombre, pues muy a menudo se tiene la impresión de que los cristianos practican algunas virtudes no por amor al prójimo sino buscando la inmortalidad, la salvación. La persona se convierte para ellos en una mera excusa. Siempre produce vergüenza ajena ver al papa Juan Pablo II en la cárcel perdonando a aquel estúpido que atentó contra su vida. ¿Lo perdonó o era publicidad nada encubierta? ¿Dónde está aquello de que no se entere tu mano izquierda de lo que hace la derecha? Seguramente lo aplican a cuando curas y sacerdotes colaboran con ciertos regímenes que ni son virtuosos ni respetuosos con las personas, pero defienden sus intereses.

Tal vez sea imposible una sociedad como la propugnada por Platón. No es eso lo importante. Poco importa que ese estado exista o haya de existir algún día; lo cierto es que el sabio no consentirá nunca en gobernar otro que ése. Es la entrega del acta de diputado de Platón. Ese estado nunca existirá, así que el sabio jamás debe gobernar otro.

¿Sería posible un estado sin religión y sin dioses? Vista la sociedad actual, parece que sí. La religión, o la falsa religión, ha sido sustituida por un no menos falso hedonismo. El gozo y el placer, equivocadamente, consisten en poseer, en tener. Y eso que se tiene tampoco termina de proporcionar la felicidad porque hay otra cosa mejor…

Hay ya demasiados intereses de por medio como para predicar que se puede ser muy feliz con unas cuantas nueces, un grupo de amigos, y unas buenas excursiones por los alrededores de cualquier pueblo o rincón más o menos agradable. Eso supone dejar al hombre solo. Lo cual es muy peligroso. Puede pensar. Y todos temen quedarse sin clientes. O sin votantes. Así que hay que engañar al hombre como se engañaba al burro para que moviese la noria: ponerle orejeras y una zanahoria delante a fin de que sigan haciendo ruido los cangilones. Y el pobre burro no va a ninguna parte. El agua del pozo, además, no es eterna. Algún día se terminará. Y ya sabemos lo que sigue a una enorme ansia de libertad. El mismo Platón lo dice.

(c) Vicente Adelantado

Para saber más, consulta en nuestra Biblioteca en el área de Filosofía

29 Enero, 2017

0 COMENTARIOS EN "Platón y la República"

Leave a Message

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *