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Miguel Hernández: 75 años de ausencia.

LA VOZ DEL COMPAÑERO DEL ALMA. por Francisco Arias Solís.

“A las aladas almas de las rosas
del almendro de nata te requiero,
que tenemos que hablar de muchas cosas,
compañero del alma, compañero.”
Miguel Hernández.

“Recordar a Miguel Hernández, que desapareció en la oscuridad, y recordarlo a plena luz es un deber de España, un deber de amor”, nos dejó dicho Pablo Neruda, el gran poeta chileno. Su vida completa, desde su niñez campesina de Orihuela hasta su fallecimiento, desprende como el mar o como el río nubes para las lluvias del hombre, sudario para ocultar su muerte. Ningún poeta como él tan rodeado de exaltación, fomentada desde su prodigiosa niñez, allá en su pueblo.

La peripecia vital de Miguel Hernández Giner se inicia el 30 de octubre de 1910 en el contexto de una ciudad; Orihuela. Hernández nace de una familia de extracción humilde. El padre es propietario de un ganado de cabras y el pastoreo es una de las primeras actividades del niño, que estudia hasta 1925 en las Escuelas del Ave María, perteneciente al Colegio de Santo Domingo, que estaba regido entonces por la Compañía de Jesús. Tempranamente comienza la trascendental relación con su “compañero del alma” José Marín, que utilizó como seudónimo el muy d’orsiano anagrama de su nombre, Ramón Sijé. Gracias a sus orientaciones, Hernández emprende una vasta renovación de sus lecturas y ambos llevan a cabo un conjunto de actividades poéticas y culturales: la tertulia de la tahona Fenoll, la formación del grupo poético “Silbo”, la creación de la revista El Gallo Crisis. La producción literaria de Hernández comienza, por tanto, con una prodigiosa voluntad de escritura que se resuelve en poemas costumbristas y rurales, o cantos exaltados a la huerta oriolana.

A fines de 1931, Hernández inicia un viaje a Madrid. De ese primer viaje da cuenta Ernesto Giménez Caballero en La Gaceta Literaria. El regreso a Orihuela se hace con la desazón de un primer fracaso en lo que el poeta esperaba su redención madrileña. Escribe Perito en Lunas, que aparece en enero de 1933. Vive hasta 1934 en Orihuela un tiempo de encuentros en el que aparece Josefina Manresa. Escribe un auto sacramental, Quién te ha visto y quién te ve y sombra de lo que eras, que publicará en 1934 José Bergamín en Cruz y Raya. Hernández se sumerge también en una primera aproximación a poetas contemporáneos. Comienzan aquí un ciclo de escritura (Imagen de tu huella, El Silbo vulnerado) que desembocará en El rayo que no cesa, en 1936. Antes, en 1935, Hernández vive en Madrid y trabaja en la redacción de la enciclopedia Los toros, que dirige José María de Cossío.

La relación amistosa con Vicente Aleixandre y con Pablo Neruda, los poetas que más quería y admiraba, le provoca una profunda variación de sus intenciones estéticas y una ruptura ideológica con el mundo conservador y religioso del que procedía. En 1935, en el clima del centenario de Lope de Vega, escribe El labrador de más aire. En diciembre de 1935 muere en Orihuela su amigo Ramón Sijé. A Sijé dedica la famosa “Elegía” que aparece en la Revista Occidente, junto a seis sonetos, provocando un encendido elogio de Juan Ramón Jiménez: “Todos los amigos de la poesía pura deben buscar y leer estos poemas vivos”.

La guerra civil, en julio de 1936, abre un nuevo episodio, vivencial y estilístico. Comienza una actividad que tiene en los frentes su desarrollo, como soldado y comisario de cultura, pero también como poeta: escribe a lo largo de 1936 Viento del pueblo. Son poemas que han ido surgiendo al calor de los acontecimientos en revistas de agitación (Ayuda, El Mono Azul, Altavoz del Frente, etc.) o culturales (Hora de España). En 1937 Hernández participa en II Congreso de Intelectuales Antifascistas, en mayo en Valencia, firmando la famosa “Ponencia colectiva”, con Antonio Aparicio, Arturo Serrano Plaja, Emilio Prados, Juan Gil-Albert, José Herrera Petere, Lorenzo Varela, Ramón Gaya, etc., en la que se debate el papel, la necesidad y el carácter del arte en tiempos de revolución. A fines de agosto se traslada a la Unión Soviética para intensificar su formación teatral. Regresa en octubre para incorporarse al frente. El 19 de diciembre nace su hijo Manuel Ramón, creando un motivo exultante en su poesía, en la que el tema del hijo aglutina un conjunto nuevo de esperanzas.

En 1938, surge la poesía apesadumbrada de El hombre acecha, con un centro temático en el dolor por lo que está ocurriendo: son ahora los heridos, la ausencia de los seres queridos, el presentimiento de las cárceles, los que van prevaleciendo. Escribe otro drama bélico, Pastor de la muerte. El 19 de octubre muere su hijo, lo que determina un derrumbamiento absoluto de cualquier esperanza. El poeta escribe ahora composiciones marcada por esa muerte, intimizadas, que forman el comienzo de la escritura de su última producción, la que entronca con su período carcelario, el Cancionero y romancero de ausencias. El 4 de enero de 1939 ha nacido su segundo hijo, Manuel Miguel, lo que determina un nuevo elemento de esperanzas en la poesía fragmentaria del Cancionero… La guerra acaba en marzo y el poeta inicia, tras la caída de Madrid, una huida imposible. Es detenido al intentar pasar a Portugal, en Rosal de la Frontera, iniciando a partir de aquí un período carcelario que lo acompaña hasta el final, tras un breve paréntesis de libertad abierto el 17 de septiembre, en el que inexplicablemente regresa a ver a su familia a Orihuela, donde es detenido el 29 del mismo mes. El mundo alucinante de las cárceles es un recorrido por una condena a muerte en enero de 1940, conmutada en junio por treinta años, y por una geografía carcelaria que se llama Conde de Toreno (Madrid), Palencia, Ocaña, hasta el Reformatorio de Adultos de Alicante, donde muere de tuberculosis el 28 de marzo de 1942. Quisiéramos creer que en su agonía se cumplió aquel verso suyo, uno de los últimos: “Ha muerto sonriendo, serenamente triste”. Neruda escribió: “Allí quedó apagado el nuevo rayo de la poesía española. Pero no cesa de derramar dulzura su radiante poesía, y su muerte no me deja secar los ojos que le conocieron”.

Miguel cumplió su breve ciclo como un poeta total del amor y un poeta del amor total. El sentido de la muerte y la tendencia social son, con el sentimiento amoroso, los grandes temas de la poesía de Miguel Hernández. Poeta de destino trágico, lo intuyó desde sus más arrebatados poemas de amor y, hombre del pueblo, compartió sus angustias y vicisitudes y mostró siempre las más viva solidaridad con las gentes del trabajo, del sufrimiento y de la esperanza. Español hasta los huesos, este muchacho de la huerta, este hombre mediterráneo, sintió de manera estoica el viento oscuro de la muerte, como un crecimiento inevitable desde el mismo corazón. “Cantando espero la muerte”, nos dijo.

Miguel Hernández fue un poeta precoz y un poeta fecundo. Su situación en la historia de la poesía española está claramente perfilada; hermano menor de la famosa generación poética del 27, a la que debe bastante de su formación, pertenece cronológicamente a la generación del 36, aunque difiere de ella por su procedencia y su formación de autodidacta. Tras su época barroca, su tendencia garcilasiana, su enriquecimiento surrealista, la poesía testimonial de Miguel Hernández alcanza un acento de autenticidad y una extraordinaria fuerza expresiva.

“Era confiado -escribía Aleixandre- y no aguardaba daño. Creía en los hombres y esperaba en ellos. No se le apagó nunca, no, ni en el último momento, esa luz que por encima de todo, trágicamente, le hizo morir con los ojos abiertos”.

Su verso fue su voz, y su voz su España, su pueblo. Honda, pura voz del poeta, voz de la verdad y de la belleza. Será cierto que se ha ido antes de tiempo, pero quedándose. Su canción se alzó sobre la muerte. Ahora cantamos con lágrimas, la ausencia irreparable, los enlutados ecos de su canto. Y su voz sigue hablando y hablando temblorosa y angustiada de su pueblo, de su amor, de su muerte y de su vida. “Que tenemos que hablar de muchas cosas, / compañero del alma, compañero”.

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