El reinado y la figura de Hatshepsut reina de Egipto
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Hatshepsut. Reina de Egipto

Autor: Antonio Pérez Largacha

El reinado y la figura de Hatshepsut ha sido ampliamente discutida en la investigación traspasando en diversas ocasiones los límites de la historia para alcanzar los de la fábula o el mito, aunque siempre en una proporción menor que la última de las reinas que tuvo el Egipto faraónico, Cleopatra VII. A ello han contribuido diferentes factores, desde el simple hecho de que una mujer gobernara la tierra de los Faraones, hasta su problemática relación con Tutmosis III, uno de los faraones más famosos y conocidos de la historia de Egipto junto a Ramses II.

Sin embargo, Hatshepsut no fue la primera mujer en desempeñar labores de gobierno en Egipto, con anterioridad lo habían hecho otras dos mujeres, aunque en el caso de Hatshepsut nos encontramos ante una diferencia cualitativa: es la primera mujer que gobierna en un período de gloria y esplendor y no coincidiendo con el final de una dinastía o de un período histórico, como es el caso de Tauser (tránsito de la XIX a la XX dinastía) o la misma Cleopatra VII, siendo por ello que su figura y la política por ella desempeñada adquiere mayor relevancia e interés.

Nuestra intención en las siguientes páginas no será centrarnos en los aspectos relacionados con la realeza femenina, en la adopción de una titulatura y de unos símbolos reales concebidos para el Horus-Faraón desde finales del IV milenio, o en realizar una mera descripción de sus acciones de gobierno o política de construcción. Muy al contrario, pretendemos presentar sus acciones de gobierno dentro de la evolución y de los cambios que estaban teniendo lugar en Egipto desde comienzos de la XVIII dinastía, si no antes, y demostrar, en la medida de lo posible, que sus actos de gobierno no varían mucho de los que podía haber llevado a cabo cualquier otro faraón.

Su política exterior, las expediciones comerciales, su política constructiva o la organización de la administración no representan una novedad, a pesar de que durante décadas han sido presentadas como “nuevas”, en muchas ocasiones por el mero hecho de ser Hatshepsut una mujer.

2. Fuentes.

Para analizar su figura y acciones de gobierno, al igual que debe hacerse con todos los faraones, lo primero que debe tenerse en consideración son las fuentes de que disponemos, tanto de su reinado como aquellas transmitidas por sus sucesores.

Entre las primeras encontramos los textos y relieves presentes en los templos, capillas y relieves erigidos durante su gobierno, encontrando dos elementos dominantes que, por otra parte, han determinado la interpretación del reinado de Hatshepsut; la Teogamía y la famosa expedición al país de Punt.


Hatshepsut siendo amamantada por la Diosa Hathor

 

La Teogamía, o nacimiento divino de Hatshepsut, nos relata cómo Hatshepsut fue concebida por Amón, principal dios de Egipto por entonces. El hecho de que un Faraón tuviera un origen divino, no por el hecho de ser Horus y presentarse como sucesor de Osiris, era algo ya conocido en el antiguo Egipto. A comienzos de la V dinastía encontramos la historia, redactada con posterioridad, de que los tres primeros reyes de esta dinastía fueron concebidos por Re, interpretándose ello como una prueba de la creciente influencia de los cultos solares que se plasmaría en los conocidos templos solares de Abusir.

El desarrollo de estas historias o leyendas no debe extrañarnos. Todo parece indicarnos que, a partir de la V dinastía, el Faraón ya no era considerado un dios en la tierra, introduciéndose la idea de que lo divino era el cargo, no la persona. Ello obliga a los futuros faraones a justificar su acceso al trono y defender con sus acciones la justicia de su gobierno, desarrollándose las conocidas Instrucciones, anticipo de un genero literario que florecerá a partir del helenismo, el speculum regum. Esta tendencia aumenta durante el Reino Nuevo y todos los reyes se presentan como elegidos por la divinidad y como las personas “ideales” para gobernar sobre el país del Nilo, surgiendo la Könignovellen, que desarrolla el valor y la figura del rey a partir de modelos como el de Sesostris III en la XII dinastía, o los conocidos Consejos militares, que presentan a Kamose, Tutmosis III y Rameses II como unos gobernantes capaces de defender y extender el orden según los deseos divinos.

Al respecto, tampoco debemos olvidar que Hatshepsut procede de una línea familiar que no estaba en la línea de sucesión directa al trono, como sucederá después con Horemheb y la extinción de la línea Tutmosida. Ello refuerza la necesidad de desantamente. Es por esta raz&oac;n y legitimación, lo que en el caso de Hatshepsut se plasma en el nacimiento divino o, en el de Tutmosis IV, en la conocida estela del sueño. Igualmente, no debemos olvidar que en la Capilla Roja de Hatshepsut encontramos referencias a la actuación de un oráculo de Amón que la confirmó como gobernante, práctica que encontramos con posterioridad en el caso de diferentes faraones.

Respecto a la expedición al país de Punt, se nos relatan los productos exóticos obtenidos en el transcurso de la misma así como la integración de aquellas lejanas tierras en el orden egipcio, idealizando su figura y política. Al respecto, no hemos de olvidar que la mayoría de los textos conservados sobre los distintos faraones proceden del interior de templos, por lo que lo que los textos expresan ha de estar en consonancia con los deseos y necesidades de las divinidades y lo que estas esperaban de los gobernantes, es decir, el «decoro» presente en todo lugar sacro. Por otra parte, y como veremos más adelante, el hecho de que Hatshepsut escogiera la expedición al país de Punt como lo más relevante de su reinado y por ello representarlo, no debe interpretarse como una prueba del pacifismo de su reinado o de su preocupación únicamente por los aspectos comerciales, sino como algo que no había sido realizado con anterioridad, preocupación que encontramos en la práctica totalidad de los gobernantes próximo orientales del Bronce Reciente.


Representación de la Reina del país de Punt

Como puede deducirse, los métodos escogidos por Hatshepsut para justificar su gobierno no son muy diferentes a los llevados a cabo por otros faraones, del mismo modo que tampoco debe extrañar la información que obtenemos de su conocido templo de Deir el-Bahari, del Speos Artemidon, templo excavado en la roca en la que la propia reina describe todas las obras iniciadas y emprendidas durante su gobierno, o en la capilla Roja que construyo en el interior del templo de Karnak.

En lo que se refiere a las fuentes posteriores a su reinado, éstas son prácticamente inexistentes, lo que se ha solido interpretar como una prueba de la posterior persecución llevada a cabo contra su memoria por Tutmosis III. Sin embargo, deben tenerse en consideración otros hechos, como es la política de todos los faraones de reutilizar monumentos, estelas y relieves de sus predecesores para presentar sus acciones de gobierno. Quizás el ejemplo más claro sea el de Rameses II y su sistemática utilización de monumentos anteriores, desde el Reino Nuevo hasta de época de Tutanjamón, sin poder olvidar que del templo funerario de Amenofis III no perviven más que sus conocidos colosos, ya que dicho conjunto fue utilizado poco después de su construcción como cantera.

Pero lo cierto es que sorprende su desaparición de las posteriores listas reales, como el canon de Turín o la lista real de Abidos de Seti I, no siendo nombrada siquiera en la villa de Deir el-Medina, donde vivían los trabajadores encargados de construir y decorar las tumbas del Valle de los Reyes y donde encontramos continuas referencias a los distintos faraones para los que trabajaron los obreros de esta comunidad. En cierto sentido, esta ausencia de fuentes posteriores, junto a la pretendida persecución de su memoria encuentra, puntos de similitud con lo ocurrido con el reinado de Ajenatón que, incluso, va más allá de estos olvidos y persecuciones como iremos viendo a lo largo de este trabajo. Sin embargo, el recuerdo de que una mujer gobernó Egipto en la XVIII dinastía permaneció, como lo confirma el hecho de que en Manetón, sacerdote que en tiempos de Ptolomeo II (s. II a.C.) redactó una historia de Egipto, encontremos a una mujer, Amense o Amensis, como quinta gobernante de dicha dinastía, confirmándonos que su “persecución” no fue total, permaneciendo documentos oficiales donde Hatshepsut fue considerada como legitima gobernante de Egipto.

Uno de los problemas con que nos enfrentamos para enmarcar y comprender los gobiernos de los faraones es la imposibilidad de conocer lo que pensaban sus contemporáneos. Es cierto que disponemos de las biografías de los nobles que sirvieron a las órdenes de los faraones, pero sus declaraciones no hacen más que resaltar su cercanía al Faraón y sus acciones que, en algunas ocasiones, sirven para ensalzar aun más la vida de dicho noble o funcionario al ser el principal ejecutor de dicha política. En el caso concreto de Hatshepsut no disponemos de leyendas posteriores como las desarrolladas en torno a los constructores de las pirámides o Sesostris III, pero sí de un grafito que puede considerarse único en la documentación.

En concreto se localiza en las cercanías de su templo funerario de Deir el-Bahari y nos presenta en una actitud burlesca a Hatshepsut, representada de una forma muy similar a como lo es la reina enana del país de Punt, lo que revela que dicho grafito fue realizado por un artesano que conocía o había participado en la realización de los relieves conmemorativos de dicha expedición, satirizando así a Hatshepsut. ¿Debe entenderse este grafito como la existencia de una línea de oposición a su reinado o al hecho de que fuera una mujer la que gobernara Egipto?. Lógicamente, según sea la interpretación global de su reinado, si fue una usurpadora o no, será la interpretación de dicho grafito, aunque no debemos olvidar que en Deir el-Medina se han encontrado otras “sátiras” realizadas en reinados considerados gloriosos.

Plano de Deir el-Bahari

Finalmente, y dentro del deseo de legitimación que todo Faraón tenía y desarrollaba, debemos entender la famosa frase de Hatshepsut esculpida en el Speos Artemidoshaciendo referencia al lamentable estado en que se encontraban los templos del Egipto medio debido al abandono sufrido durante el periodo de dominación Hiksa, presentándose como restauradora de los mismos. Es cierto que los templos debían encontrarse en un estado lamentable de conservación, aun cuando ello no fuera debido al dominio hikso, siendo por ello que estas reconstrucciones no deben entenderse como una prueba de las destrucciones que los Hiksos llevaron a cabo en Egipto, ni tampoco como que Hatshesput se presentaba como restauradora de un orden perdido, hipótesis ambas que ocasionalmente han sido emitidas.

 

Hatshepsut y Tutmosis III. El problema de la corregencia.

Durante cerca de veinte años, Tutmosis III vio como su tía Hatshepsut gobernó Egipto, interpretándose dicha situación como una usurpación del trono. Hatshepsut legitimó su reinado diciendo que su padre, Tutmosis I, la había designado como futuro rey y la había convertido en su corregente.

La institución de la corregencia, o asociación al trono del príncipe heredero, era una práctica conocida desde comienzos de la XII dinastía, surgiendo como una respuesta a los problemas sucesorios y, especialmente, al asesinato del fundador de la XII dinastía, Amenenhat I, momento histórico en el que se enmarca la conocida historia de Sinuhe.

Lógicamente, esta transmisión de los hechos corresponde a los deseos de Hatshepsut, encontrando en las fuentes una situación muy diferente. Así, en textos del marido de Hatshepsut, Tutmosis II, y de comienzos del reinado de Tutmosis III, encontramos que Hatshepsut no lleva una titulatura real propia, sino aquella que hace referencia a su papel como esposa real (Urk. IV. 144; 201-2), siendo esta la que conserva hasta el año 7 de Tutmosis III, cuando Hatshepsut adopta los cinco nombres reales, encontrando una intención de gobierno o legitimación en uno de ellos: Maatkare.

Esta es la misma situación que nos es descrita por Ineni, Inspector de los graneros de Amón desde Amenofis I hasta Tutmosis III:

“Tutmosis II fue al cielo y se unió a los dioses. Su hijo ocupó su lugar como rey de las Dos Tierras y él comenzó a gobernar mientras su hermana, la esposa del dios Hatshepsut, se ocupaba de los asuntos. Las Dos Tierras fueron gobernadas de acuerdo a sus planes.

De este texto se deduce que Hatshepsut actuó como regente, siendo significativo que en ningún momento se mencione por su nombre a Tutmosis III.

El análisis de todos los textos y escenas datables en los años de corregencia revelan un predominio de Hatshepsut a la hora de enumerar las acciones aun cuando la mayoría sean realizadas conjuntamente, como el acompañar a la barca sagrada en el Festival Opet o la reconstrucción de algún templo. Todo ello parece confirmar que durante esos años las relaciones entre ambos personajes fueron “normales”, aun cuando también es cierto que los mecanismos de corregencia utilizados implicaban una novedad en Egipto.

Un aspecto que revelan estos monumentos conjuntos, tanto si los dos son representados o mencionados o si pertenecen históricamente a los años de corregencia, es que Tutmosis III es mencionado primero, y en dos ocasiones solo, en los textos hallados en el Sinaí, lo que ha favorecido la idea de que mientras Hatshepsut se dedicaba al gobierno de Egipto y su política pacifista y comercial, Tutmosis III tendría a su cargo las acciones militares, idea que como veremos no es cierta.

Lo cierto es que las relaciones establecidas durante estos años siguen siendo objeto de polémica aun cuando sí pueden establecerse dos premisas. La primera de ellas es que con total seguridad no existió una corregencia entre Tutmosis I y Hatshespsut, a pesar de lo que se dice en la Capilla Roja y, en segundo lugar, que durante los años de corregencia entre Hatshespsut y Tutmosis III sus relaciones fueron normales y que el mantenimiento de aquellos textos y escenas conjuntos es una prueba en contra de la pretendida persecución que Tutmosis III emprendió contra su tía nada más acceder al trono de Egipto.
Política exterior.

Una de las características e imágenes asociadas al Reino Nuevo es la de unos faraones victoriosos que extienden las fronteras de Egipto derrotando a sus enemigos, constituyendo la excepción dos reinados, el de Hatshepsut y el de Ajenatón, considerados pacifistas, carentes de una política exterior, provocando que las bases del poder e influencia de Egipto en Siria-Palestina fueran minándose, obligando a sus respectivos sucesores, Tutmosis III y Tutanjamón-Horemheb, a reemprender una activa política exterior con el fin de restablecer el poder de Egipto en esa región y frenar la expansión de sus enemigos.

Sin embargo, ese pacifismo de estos faraones no es cierto. Ambos emprendieron acciones militares y mantuvieron el poder y la influencia de Egipto en el exterior. Por otra parte, una coincidencia que existe entre ambos reinados, y que en gran medida explica su política exterior y militar, es que los dos coinciden con períodos de cambio y transformación en el Próximo Oriente, apareciendo sucesivamente el reino de Mitanni y el de Hatti, provocando, lógicamente, una readaptación de la situación internacional que, lógicamente, afectó a Egipto y especialmente a los sucesores de Hatshepsut y Ajenatón, cuyos reinados coincidieron con el período de expansión de estas nuevas potencias.

Respecto a la política internacional de Hatshepsut, en ciertos momentos subyace la interpretación de que por el mero hecho de ser una mujer ésta fue muy limitada, centrándose únicamente en aspectos comerciales, poniéndose como prueba la expedición al país de Punt. Sin embargo, dicha expedición pudo haber sido realizada por cualquier otro gobernante en el mismo contexto histórico por las siguientes razones.

Desde el Reino Antiguo, y siempre coincidiendo con los momentos históricos en que Egipto tenía unas relaciones más fluídas con el exterior, la necesidad de disponer de productos exóticos -especias, oro, marfil, pieles de animales, etc.-, obligaba a incrementar la presencia en el sur. La razón para ello es que de sus productos, Egipto solo podía exportar productos agrícolas o papiros que, lógicamente, no deseaban sus vecinos que demandaban aquello de lo que carecían o les resultaba exótico, los productos africanos. Es por ello que desde comienzos de la XVIII dinastía, si no antes, Egipto se ve obligado a incrementar su presencia en el Sur, a controlar las vías de comunicación y acceder directamente a las regiones africanas, al mismo tiempo que el agotamiento de los recursos tras siglos de explotación obliga a buscar éstos cada vez más en el interior de Africa. Es por ello que si enmarcamos el reinado de Hatshepsut en la evolución de la XVIII dinastía, observamos como durante su reinado existía un clima de paz en Siria-Palestina, como ya hemos apuntado el reino de Mitanni todavía no había desarrollado toda su capacidad, por lo que Egipto requiere de los productos africanos para poder comerciar con el exterior, no solo con Siria-Palestina, también con el mundo Egeo.

Ello no significa que sea la necesidad de un comercio exterior la única explicación de la expedición al país de Punt. El creciente número de templos que aparecen en Egipto a partir de la XVIII dinastía, así como una nobleza cada vez más involucrada en los asuntos oficiales, obliga a acceder a unos productos que dedicar al culto y a recompensar a los funcionarios. Es cierto que el hecho de que el desarrollo de dicha expedición ocupe un lugar tan destacado hizo pensar en un principio que Hatshepsut se dedicó principalmente al comercio relegando una política exterior que, hasta hace pocos años se consideraba muy activa. Es por ello que la comparación con reinados anteriores es significativa y puede proporcionarnos información.

Tras la expulsión de los Hiksos, la investigación señalaba una activa política militar que permitió la creación por primera vez de un Imperio en Siria-Palestina. Desde hace unos años dicha política ha sido cuestionada y cada vez son más los egiptólogos que señalan una expansión moderada y propiciada por una crisis interna del Levante más que por el deseo de conquistas por parte de Egipto. Así, hasta hace unos años no se conocía expedición militar alguna de Amenofis II y de Tutmosis II solamente conocemos la realización de una campaña punitiva contra los Shasu, un grupo étnico que en ciertos aspectos anticipa los conflictos y relaciones que Egipto tendrá con los Habiru del período amarniense. Estos Shasu, al igual que los Habiru, son ampliamente conocidos en la documentación próximo oriental, constituyendo grupos nómadas que prestan su servicio al mejor postor y cuya principal “actividad” es entorpecer el tránsito normal de caravanas comerciales.

Es en este contexto en el que adquiere importancia un grafito descubierto en 1957 en la isla de Sehel donde se describe una campaña militar de Makare -Hatshepsut-, contra Nubia, completando así las expresiones aisladas presentes en Deir el-Bahari, en la tumba de Senmut o en la estela de Djehuty.

Por otra parte, este período de la historia de Egipto aparece dominado por la gran campaña de Tutmosis III que culminó en la batalla de Megiddo y la victoria sobre la coalición de 330 príncipes encabezada por el de Kadesh, campaña interpretada tradicionalmente como consecuencia del pacifismo de Hatshepsut que fue aprovechado por los enemigos de Egipto. Si ello fuera verdad, ¿no parece más lógico que los príncipes actuaran cuando Hatshepsut estaba todavía al frente de Egipto?. El contexto de dicha rebelión y posterior campaña de Tutmosis III debe entenderse en una dinámica próximo oriental que consideraba el período de transición entre dos reinados como el momento oportuno para rebelarse o minar la influencia del enemigo, algo que ha sido bastante frecuente en la historia de la humanidad; todo nuevo gobierno se considera más débil y menos preparado.

Tampoco hemos de olvidar que los textos egipcios nos presentan la simple realización de una campaña de inspección o de recogida de tributos como un gran acontecimiento militar digno de ser recogido en los anales y estelas, aun cuando su importancia fuera muy escasa o al menos relativa. En el caso de la gran campaña de Tutmosis III, la lista de ciudades coaligadas en torno a Kadesh copia en su totalidad las ciudades y centros que se encontraban en los itinerarios comerciales existentes en Siria-Palestina, añadiéndose el nombre de centros con una gran tradición histórica pero que por entonces ya no existían, como es el caso de la ciudad de Ebla, destruída en su totalidad por Mursilis I 150 años antes de que Tutmosis III dijera que la capturó y destruyó.

Volviendo al problema de por qué Hatshepsut hizo representar la expedición al país de Punt como si ello hubiera sido la principal realización de su gobierno, la explicación la encontramos en la dinámica de los estados próximo orientales durante la segunda mitad del II milenio. La monarquía ya no tenía aquellos aspectos “despóticos” y su poder ya no era omnipresente, por lo que todo rey realiza durante su reinado una acción que no había sido realizada con anterioridad, bien extendiendo los limites del orden hasta donde no se había logrado hasta entonces, lo que provoca que algunos Faraones digan llegar e integrar territorios que nunca llegaron a conocer una influencia o presencia egipcia, o cualquier otra acción que demuestre y justifique su gobierno. Es por ello que Hatshepsut presenta su expedición al país de Punt como algo jamás realizado, al mismo tiempo que su integración en el orden es logrado gracias a la fama que la precede y su superioridad sobre la reina de aquellas lejanas tierras, ello a pesar de que el país o la tierra de Punt era ya conocida desde el Reino Antiguo.

Dicha integración del país de Punt en el orden egipcio queda ejemplificada en el traslado de los árboles a Egipto para ser plantados en el recinto de Amón; lo característico de aquellas tierras queda en los dominios de la divinidad egipcia que, por otra parte, ha puesto en aquellas lejanas tierras dichos recursos para que sean obtenidos por los reyes egipcios. Es la misma ideología y simbolismo que encontraremos en el llamado jardín botánico de Tutmosis III en el templo de Amón; la representación de todas las especies, animales o no, de todos los territorios conocidos implica su integración en el orden y dependencia de Egipto y sus dioses y, por extensión, del Faraón.

Política religiosa.

Los paralelismos entre Hatshepsut y Ajenatón no se limitan a su pretendido “pacifismo”. Su política religiosa también ha sido objeto de comparaciones.

Debido a la creencia de que las relaciones entre Hatshepsut y Tutmosis III no debieron ser buenas, suele existir la tendencia a diferenciar “partidos” o seguidores de cada uno, pensándose que Hatshepsut encontró el apoyo del clero de Amón, que desarrolló la Teogamia presentando a Hatshepsut como hija de Amón, mientras que Tutmosis III tenía el apoyo del ejército. Por el contrario, la política de Ajenatón es definida como revolucionaria y monoteísta, actuando en detrimento de Amón y su clero, mientras que sus sucesores, en especial Horemheb y la linea ramesida que a continuación se inicia, representan el apoyo del ejército. Pero ¿cuál fue la política religiosa de Hatshepsut?.

Desde comienzos del Reino Nuevo la figura de Amón va adquiriendo más importancia, lo que se materializa en las sucesivas ampliaciones que experimenta su templo en Tebas, al mismo tiempo que su culto va adquiriendo aspectos universalistas, algo lógico debido a la expansión de Egipto en el exterior.

Sin embargo, y a pesar de su creciente poder e influencia, desde el reinado de Tutmosis I existen suficientes elementos que permiten observar un desarrollo de nuevas concepciones religiosas, cuando no la recuperación de antiguas tradiciones relacionadas con los cultos solares, algunas de ellas alejadas del omnipresente Amón y que, en opinión de un sector de la investigación, representan un anticipo de la creciente importancia de los cultos solares que culminará en tiempos de Ajenatón con el culto a Atón, el disco solar.

Esta presencia e influencia de los cultos solares comienza ya en tiempos de Tutmosis I, una de cuyas principales acciones de gobierno fue el traslado de la capital de Egipto a Menfis, siguiendo una pauta ya conocida en la por entonces milenaria historia faraónica; tras un período de crisis o inestabilidad, la capital debía estar en un lugar equidistante entre el Alto y el Bajo Egipto y, especialmente, cerca de los límites del Delta oriental, la vía de comunicación natural de Egipto con el exterior. Al respecto, no podemos olvidar la importancia de los cultos solares en la región de Menfis desde el período predinástico y que en la sociedad egipcia va plasmándose en los llamados himnos solares, que aparecen con Tutmosis I, y en los que Amón y Atum van mezclando sus atributos y personalidades, cristalizando en la conocida forma divina de Amón-Re.

Este desarrollo de los cultos solares está presente también en una de las manifestaciones artísticas mejor conocidas del reinado de Hatshepsut, los obeliscos, símbolos solares que representan a la piedra ben-ben y que comienzan a erigirse delante de los pilonos de los templos, simbolizándose así la tierra de Egipto y el signo jeroglífico del horizonte.

Pero es posiblemente en el ámbito funerario donde encontramos las principales pruebas de esta creciente importancia de los cultos solares.

Dejando a un lado el debate, en muchas ocasiones bizantino, sobre la adscripción y constructor de la KV 20, tradicionalmente adscrita a Hatshepsut, lo que realmente nos interesa resaltar son dos aspectos. A) La estrecha relación existente entre el templo funerario de Deir el-Bahari y la KV 20, B) La forma que adopta la cámara funeraria durante los tutmosidas hasta época ramesida.

A) La localización del templo funerario, como cualquier otro acto constructivo en el antiguo Egipto, no era algo aleatorio, sino realizado según una intencionalidad. Así, la orilla oeste de Tebas, vista desde el templo de Amón o la antigua ciudad de Tebas, no es más que la plasmación del signo jeroglífico horizonte, el mismo que está presente en los templos gracias a los pilonos y obeliscos. Pero lo realmente significativo es que el templo de Deir el-Bahari se localiza justo en el centro, como queriendo establecer una relación con el sol en su cenit y el templo, al mismo tiempo que del eje del templo parte una imaginaria línea recta que termina en la KV 20.

B) Una de las características frecuentemente señaladas de la tumba de Tutmosis III es la forma en cartucho de su cámara funeraria, la misma que, posiblemente, hubiera tenido la cámara funeraria de la KV 20 de haber podido dar la forma completa a la tumba y no encontrarse los obreros con dificultades en el terreno que obligaron al abandono de la intención original, ya que la antecámara, sin terminar, comienza a esbozar el comienzo del cartucho.

Como es sabido, las pirámides tenían un evidente significado solar que, aparentemente, se pierde con el triunfo de la concepción osiriaca. Sin embargo, observamos como las tumbas del Reino Nuevo recuperan los componentes solares y su propia forma parece asemejarse al viaje diario del sol, siendo significativo que sea Tutmosis I el iniciador del Valle de los Reyes.

Este desarrollo de las concepciones solares, perfectamente estudiado por J. Assman, no implica un “desamparo” de Amón. Lo que se produce es el inicio de una tendencia característica del Reino Nuevo; mientras que el centro administrativo, comercial y cultural residía en Menfis, el Alto Egipto con Tebas como representante permanecía como centro espiritual al que todos los años acudían los faraones para constatar los progresos en su tumba o participar en el Festival Opet. Esta fue precisamente otra de las acciones mejor conocidas de Hatshepsut, su participación, junto a Tutmosis III, en dicho festival, tal y como quedó plasmado en los relieves de su capilla roja.

Mientras que lo tradicional ha sido considerar el culto a Amón como dominante, lo cierto es que ésta es una visión que emana principalmente del templo de Karnak, pero todos y cada uno de los faraones del Reino Nuevo también emprendieron obras en honor de otras divinidades, como demuestra la propia política constructora de Hatshepsut.

También resulta interesante que el término egipcio Shr, que implica una intervención divina directa en los acontecimientos, y que aparece por primera vez en la Historia de Sinuhe en referencia a un dios desconocido que le hace llegar a unas tierras lejanas, reaparece en tiempos de Hatshepsut y se convierte en una constante de futuros faraones, siendo a su vez la intervención divina en los asuntos nacionales, o personales, una de las características en las sociedades del Bronce Reciente.

Por último, y como anticipo de su política constructora, debemos señalar que es con Hatshepsut cuando tenemos las primeras referencias a la celebración del Festival Opet, el más importante que se desarrollaba en honor de Amón y que se convirtió en un signo de identidad de la propia cultura egipcia, así como el Festival del Valle, celebrado en la orilla Oeste de Tebas y, aunque ya celebrado con anterioridad, es en estos momentos históricos cuando adquiere notoriedad.

Arte y política constructiva.

A lo largo de la historia de Egipto existen momentos históricos que son interpretados como revolucionarios o de cambio, plasmándose ello en todo tipo de manifestaciones, como el arte.

En el caso de Hatshepsut, el mero hecho de ser una mujer ya planteaba problemas a los artistas a la hora de representarla como Faraón, debiendo hacerlo con la barba postiza y demás atributos reales. Sin embargo, éste es un hecho que se ha magnificado en demasía, máxime cuando los artistas egipcios estaban acostumbrados a conjuntar y representar a dos formas extrañas; cuerpo animal y cabeza humana por ejemplo. Es por ello que desde un principio los dioses o formas extrañas, son representadas con collares o pelucas para lograr que esa zona de transición resulte lo menos grotesca posible y más natural.

De la política constructora de Hatshepsut tenemos abundante información gracias a que en el templo de Beni Hasan, conocido por su nombre griego de Speos Artemidos, hizo grabar todas las obras que realizó en el país, política motivada, según lo expresado por la reina, por el lamentable estado de conservación en que se hallaban numerosos monumentos. Es precisamente esta lista de obras realizadas, y que aparecen con el nombre de Tutmosis I o III en lugar del de Hatshepsut, lo que ha favorecido la hipótesis de una persecución contra su memoria por parte de Tutmosis III, pero en realidad no podemos asegurar si en verdad Hatshepsut llegó a realizar todas las reconstrucciones que dice haber emprendido, especialmente cuando de Tutmosis III tenemos menos información y restos de su política constructora, algo que en apariencia resulta ilógico debido al poder y longitud de su reinado. Por otra parte, esa pretendida persecución no se entiende si tenemos en cuenta que respetó el templo de Deir el-Bahari, haciendo construir el suyo encima, también en tres pisos.

En los últimos años, las excavaciones del Instituto Arqueológico alemán de El Cairo en la ciudad de Elefantina han revelado una importante actividad constructora de Hatshepsut en el templo de la diosa Satet, cuyos primeros niveles se remontan al período predinástico y que gozó de gran importancia a lo largo de la historia de Egipto. Pero la actividad en Elefantina no se limitó a este centro tradicional de culto, realizándose también ampliaciones en el templo de Knum.

Pero si hay una actividad artística que experimenta un avance importante es la escultura que, por otra parte, irá adquiriendo a lo largo del Reino Nuevo tintes colosalistas hasta entonces desconocidos. Así, de Hatshepsut conservamos estatuas de 3 metros de altura, un tamaño “pequeño” para las estatuas conservadas de otros faraones, pero que quizás revelan lo que a lo largo de del Reino Nuevo va a constituir una de las preocupaciones reales; la representación a gran escala, posiblemente en un intento de recuperar su papel como intermediarios ante la divinidad, papel que había ido diluyéndose de la función real desde la V dinastía.

Junto a este comienzo del colosalismo, lo que destaca es el naturalismo, algo que siempre se ha señalado de las estatuas de Tutmosis III pero que también encontramos en las de Hatshepsut, donde por otra parte podemos intuir formas y líneas femeninas enmarcadas en un canon artístico existente en Egipto desde hacía siglos y que era muy difícil quebrantar, tanto por la tradición, ya milenaria por entonces, como por la formación y técnicas en que habían sido formados los artistas.

Una de las formas escultóricas asociadas al reinado de Hatshepsut son las estatuas-cubo, especialmente las pertenecientes a Senmut junto a Nefereru. Sin embargo, estas estatuas eran conocidas desde el Reino Medio, aunque será en la segunda mitad de la XVIII dinastía cuando sean más frecuentes, lo que no solo debe relacionarse con una tendencia artística, sino también con cuestiones prácticas, al ser más económico representar a la persona en un bloque que al mismo tiempo sirve de soporte para los textos.

Otro de los conjuntos escultóricos asociados a este período histórico son las esfinges, pero al igual que las estatuas-cubo no pueden considerarse como una innovación por parte de Hatshepsut, ya que lo que se produce en ambos casos es una recuperación de modelos del Reino Medio, del mismo modo que la representación del Faraón como una esfinge también denota una intencionalidad política e ideológica, composición artística muy utilizada por Amenofis III, y que denota la idea de dominio entre lo que se considera el orden y el caos. Es en este contexto en el que debe recordarse el episodio de Tutmosis IV quedándose dormido a los pies de la esfinge y como la misma experimenta un culto cada vez mayor en época tutmosida.

Lo que sí resulta importante valorar, y no siempre se ha hecho, es que fue Tutmosis I el fundador de Deir el-Medina y con ella el inicio de toda una política de construcción en la orilla oeste de Tebas que no solo incluía las tumbas reales, sino también los templos funerarios y las tumbas de cortesanos. Pero fue Hatshespsut la que realizó las primeras grandes construcciones en esta orilla asociada con la muerte, poniendo las bases de algo que iba a continuar hasta el final del Reino Nuevo. Así, sería interesante estudiar los relieves y pinturas de Deir el-Bahari y establecer una secuencia directa con las pinturas y relieves de las necrópolis tebanas, observándose el inicio de unos temas y unas técnicas que poco cambiaron desde entonces. Los peces, los árboles, el detalle con que son representados los habitantes del país de Punt…, no son más que los primeros modelos de unos temas e iconografías dominantes en las tumbas privadas tebanas y que hasta entonces no existían.

Funcionarios y administración.

Una de las ideas que más frecuentemente encontramos asociada al reinado de Hatshepsut es la de su estrecha relación con Semnut, un alto funcionario descrito en varias ocasiones como amante de la reina y encargado de la educación de la hija de Hatshepsut, Neferure, elementos todos ellos que han contribuido a la hipótesis de que la intención de Hatshepsut era la de crear una línea dinástica propia, quizás casando a su hija con Tutmosis III. Pero esta hipótesis no plantearía ninguna novedad ya que el casamiento del futuro faraón con un familiar cercano para legitimar su acceso al trono del Doble país era una práctica habitual.

Pero posiblemente lo más significativo sea la imagen de Semnut, interpretada en la mayoría de las ocasiones por su cercanía a la reina y no por la dinámica que ya por entonces era normal en la administración egipcia y que continuará hasta el final del Egipto faraónico.

Ya con Ahmosis, fundador de la XVIII dinastía, encontramos a altos funcionarios muy cercanos al Faraón, lo cual no debe extrañar debido a la complejidad administrativa de Egipto en comparación con períodos anteriores. Ya no es solo la administración interna del país. La política exterior, la propaganda real, la política constructora, las relaciones diplomáticas resultantes en matrimonios interdinásticos, no solo con princesas asiáticas sino también con hijas de altos funcionarios, obligan al Faraón a rodearse de funcionarios fieles,que en ocasiones llegan a constituir verdaderas familias que van transmitiéndose el cargo de generación en generación.

Durante el Reino Medio, y debido a las nuevas necesidades de la administración, no sorprende encontrar una serie de composiciones literarias destinadas a fomentar el cargo de escriba y de funcionario en general, pero son composiciones dirigidas a una clase funcionarial intermedia, posiblemente por el miedo que los faraones tenían al poder e influencia que habían adquirido los grandes nomarcas y visires en tiempos no muy lejanos. Sin embargo, desde comienzos del Reino Nuevo observamos un salto cualitativo, nuevas composiciones surgen ensalzando el trabajo de los visires y altos funcionarios, siendo el mejor ejemplo de ello las conocidas Instrucciones del Visir, un texto que posiblemente se remonta a la XIII dinastía pero que es con el Reino Nuevo cuando adquiere toda su vigencia.

Es por ello que junto a todo faraón encontramos a un alto funcionario, en ocasiones a varios, que parecen reunir en su persona la confianza del rey, funcionarios que, en la mayoría de las ocasiones, son seguidores del rey desde su infancia, habiendo sido educados y entrenados en las artes militares y administrativas conjuntamente. Es por esta razón por lo que sorprende aun más el hecho de haber querido interpretar a Semnut como algo novedoso en la administración egipcia. Es cierto que sus representaciones con Neferure en las conocidas estatuas-cubo revelan una relación muy estrecha, pero Amenhotep hijo de Hapu, alto funcionario con Amenofis III, llega a construirse un templo funerario en Tebas oeste y su nombre lo encontramos en el interior del templo de Amón en Karnak, algo que no ha sido interpretado de la misma manera que en el caso de Semnut, quien hizo grabar su nombre, título y representación, oculto, en el templo de Deir el-Bahari, sino como prueba de su habilidad como gestor y reconocimiento por su labor.

Por otra parte, no debemos olvidar que una de las características del Bronce Reciente en todas las cortes es la educación de los príncipes, que son educados junto a otros jóvenes, estableciéndose lazos de amistad que pervivirán con el tiempo. Igualmente, la figura del instructor o maestro adquiere una consideración especial y en la prosopografía egipcia observamos que es un cargo detentado por aquellas personas más cercanas al rey o joven príncipe, siendo éste el caso de Semnut o el de Ay, cuyo título “padre del dios” debe entenderse no como una filiación, como se hizo en un primer momento, sino como educador del futuro faraón.

Finalmente, la relación de Hatshepsut con Senmut ha sido interpretada desde la idea de que la memoria de este cortesano también fue objeto de persecución por parte de Tutmosis III. Lo cierto es que su tumba tebana (TT 71) confirma que su nombre fue borrado, así como sus esculturas dañadas, pero también lo es que no de una forma sistemática, conservándose incluso en la parte pública de la tumba estatuas con su nombre, del mismo modo que la persecución de esta tumba tambien ha sido explicada en los últimos años por la presencia en el nombre de Senmut de la particula mwt, Mut, esposa de Amón que también fue objeto de persecución durante el período amarniense.

Por lo tanto observamos como el funcionamiento de la administración no se vio afectado por el hecho de que una mujer reinara en Egipto, al contrario, de la política constructora de Hatshepsut por todo el país, del envío de expediciones comerciales al país de Punt, al Sinaí o a la recogida de tributos en Siria-Palestina, parece desprenderse que la prosperidad reinaba en el país permitiendo ello a Hatshespsut el embarcarse en un ambicioso programa constructivo.

Conclusión.

Uno de los grandes problemas a los que se enfrenta la investigación egiptológica es el tipo de documentación conservada, perteneciente al ámbito oficial y presentándonos unos reinados y unos acontecimientos realizados bajo los auspicios de Maat y tendentes a mantener el orden en Egipto. Posiblemente sea el ámbito religioso el que mejor refleje esta problemática, ya que de los textos y relieves disponibles se desprende una religión ideal, unos ritos perfectamente establecidos, un panteón estructurado y sin problemas internos, una humanidad bendecida por los dioses…, pero ¿hasta que punto ese era el verdadero sentimiento religioso egipcio?. Cuando se analizan textos como el Dialogo de un desesperado con su alma o algunos de los Cantos del arpista, nos encontramos ante una incredulidad religiosa que no se refleja en los monumentos conservados. Esta misma impresión la tenemos cuando nos enfrentamos a los textos, relieves o construcciones de los faraones e intentamos a través de ellos no solo reconstruir su pasado sino entenderlo y explicarlo.

Es por ello que si por un momento nos pudiéramos abstraer de que Hatshepsut era una mujer y analizáramos su reinado solamente desde lo que se nos ha preservado, seguramente la visión global del mismo no sería la misma que ha dominado la investigación desde finales del siglo XIX. Unos textos que nos informan de una actividad militar en Nubia, una gran expedición que proporcionó a Egipto recursos suficientes para embellecer sus templos y disponer de productos con los que comerciar, un templo funerario de una belleza e innovación arquitectónica sin precedentes en la historia del país, una estatuaría en la que las proporciones humanas van siendo dominantes – a pesar del emergente colosalismo-, unos funcionarios eficaces que procuran a la administración los recursos necesarios… son todos ellos elementos más que suficientes para considerar ese reinado como próspero y no como un freno a las apetencias imperialistas de Egipto, con una administración y un gobierno preocupado más por crear una línea dinástica propia y dominado por el clero, una política exterior pacifista y comercial, entendiendo esta no como algo beneficioso sino como una marcha atrás en la tendencia iniciada con la XVIII dinastía… Igualmente, si se acepta que Tutmosis III emprendió una persecución contra su tía nada más acceder al trono en solitario, ¿cuantos más textos, relieves, construcciones… se nos han perdido para siempre de este reinado?. Respecto a la persecución, esta no comenzó nada más llegar al trono Tutmosis III, sino al final de su reinado, terminando incluso la inacabada Capilla roja de Karnak.

Observado fríamente, desde la óptica del historiador, el reinado de Hatshepsut fue largo en el tiempo al mismo tiempo que prospero, tanto en el aspecto constructivo como económico, proporcionando una imagen muy diferente a la de una mujer obsesionada por el poder y un reinado caracterizado por una lucha interna entre esta reina y Tutmosis III. Al contrario, las representaciones conjuntas de ambos, el propio entrenamiento militar de Tutmosis III, algo inconcebible si en verdad sus relaciones eran malas, ya que el ejército podía ser un elemento desestabilizador en sus relaciones, nos parece reflejar que sus relaciones no fueron malas y que Hapshepsut no vio en Tutmosis III una oposición, un problema para llevar a cabo su política.

Posiblemente la causa de todo ello radique en la propia tradición historiográfica de la egiptología, más preocupada por el hallazgo espectacular o la descripción de una obra de arte que por englobar la política exterior dentro de un contexto próximo oriental cambiante y sin el que no puede entenderse lo que a Egipto preocupó en sus relaciones con Siria-Palestina o Nubia. Nuestra intención en las páginas precedentes ha sido precisamente intentar enmarcar lo conocido del reinado de Hatshepsut dentro de unas tendencias y evoluciones, comprobando como lo que ella realizó pudo haber sido realizado por cualquier otro Faraón.

Es cierto que el simple hecho de tratarse de una mujer implica unos cambios, siquiera en las actitudes y formas de representación, pero lejos de causar un rechazo observamos que la actitud Faraónica de Hatshepsut encuentra poco después continuidad en mujeres como Tiye o Nefertiti, representadas también venciendo a los enemigos de Egipto y que, si bien no llegaron a gobernar directamente sobre Egipto, sí ejercieron una gran influencia en sus respectivos maridos y en la política llevada a cabo por Egipto, como lo demuestra el simple hecho de que Tusratta, rey de Mitanni, se dirija directamente a Tiye como conocedora de la situación internacional para que aleccione al nuevo Faraón de Egipto, Amenofis IV.

Aspectos de su reinado como la Teogamia también encontraron continuidad, tanto en época Tolemaica con los mammisis, o en el templo de Luxor, donde se estableció el culto al Ka del Faraón que nacía con el.

Es por todo ello que posiblemente el reinado de Hatshepsut deba ser explicado y entendido desde la excepcionalidad de que una mujer llegara a gobernar en una sociedad antigua, pero no por la política que desarrolló, aun cuando solamente fuera por el hecho de que una política diferente desarrollada por una mujer causaría aun mayor rechazo en la sociedad. Sin embargo, seguramente esa excepcionalidad, el que Egipto fuera gobernado por una mujer a pesar de sus intentos por enmascarar su feminidad en las esculturas, relieves o titulatura, es lo que puede explicar la “persecución” que sufrieron sus monumentos y su memoria en los anales posteriores. Es significativo que sus representaciones, títulos y acciones se nos hayan preservado en aquellos lugares no públicos, desapareciendo por el contrario en todos aquellos monumentos donde su figura y memoria podía ser observada. Si en verdad Tutmosis III persiguió en su totalidad la figura de su tía, que le apartó del trono de Egipto durante 20 años, no se entiende que Tutmosis III respetara todas aquellas escenas y textos en los que aparecen los dos en un marco sacro o intimista. Al fin y al cabo la legitimidad de Tutmosis III también le venía por su relación con Hatshepsut. Desde Semiramis a Cleopatra, la historia nos ha legado las imágenes de unas mujeres que llegaron a desempeñar labores de gobierno en la Antigüedad, algo que incluso extrañó a los griegos, acostumbrados a que la mujer desempeñara sus funciones en el interior del gineceo, pero en el mundo oriental la mujer disfruto de unas libertades y posibilidades mayores, no debiendo olvidar la importancia de la reina madre en la familia real de Judea, siendo referida como Gebirah o el papel de la tawananna en el mundo Hitita. 

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